Tal vez hace demasiado tiempo que no dejo pensar a mis dedos. La vida me ha conducido a un lugar que antes solo imaginaba. Antes, cuando vivía en el rincón oscuro de las horas perdidas y las ideas olvidadas. Antes, cuando esbozar una sonrisa natural suponía un esfuerzo, cuando la soledad era para mí tan familiar como mi propio olor corporal, que existe pero pasa desapercibido por estar harto de respirarlo. Antes, cuando la felicidad no detenía el impulso de escribir sin pensar.
A una hora en la que un western salva la parrilla, repaso mentalmente lo que queda por hacer mañana, y aunque siempre vamos justos de tiempo, me quedo tranquilo. El insomnio se cura con una conciencia tranquila.
Montando el capítulo diez, viendo llegar el fin de la que quizás sea la etapa más importante de mi vida, descarto preocuparme del futuro porque el presente requiere toda mi atención. Hace ya unos años, cuando empezó todo, la sangre que cuajó mi isla me ayudó a caminar paso a paso, evitando zancadas que podrían hacerme pisar mal.
Hoy puedo decir, que los sueños no se cumplen por desearlos con todas nuestras fuerzas, ni por pedir deseos con cada estrella fugaz. Los sueños se pueden cumplir con perseverancia, esfuerzo… y quizá también con un poco de suerte. La suerte nunca se olvida… pero tampoco debe sobrevalorarse.
Para los puristas: dadle una oportunidad a Ben, es una gran versión.