La primera piedra. 
Todo comenzó el día en que ente mi padre y mis tíos compraron una videocámara doméstica, hace hoy más de diez años, cuando se consideraba aún un artículo de lujo con el que pensaban inmortalizar los viajes, cumpleaños y reuniones familiares en general. Cuando la vi y la probé por primera vez, mi cabeza de niño extraño con sobredosis de fantasía (prácticamente la que conservo) empezaba a crear imágenes sueltas con las que colorear mil películas. Me entusiasmaban aquellos increíbles efectos: ¡blanco y negro, sepia o efecto espejo! Lo poderoso que me sentía con aquel objeto mágico que abría ante mis ojos tal gigantesco abanico. Ahora que lo pienso… supongo que fue uno de los momentos más felices de mi vida. En ese momento en el que cada hora te enseña algo del mundo que no sabías, en que las decepciones pesan aún más que en otras etapas, de repente sostenía aquel tesoro entre mis pequeñas manos, impaciente por empezar a utilizarla.
Desgraciadamente, la excitación era general en la familia y todos avisaban de sus futuros compromisos con la cámara. Yo voy a Brasil el mes que viene. Nosotros vamos a casa de Nieves a Albacete en mayo. Entonces, mi padre, el subteniente, habló: nosotros la llevaremos a Lebrija en verano. Bien, solo me quedaban seis meses de espera por delante para que fuese mía, para disfrutarla al cien por cien. Terminé aquella noche de hacerle el rodaje al zoom digital de aquella vieja Panasonic y me marché a casa. Mi hermana Esther era demasiado pequeña para comprender la bomba efusiva que me apretaba el esternón, pero sabía que sería mi primera actriz-cobaya. En el asiento trasero del Renault 18 del subteniente, miraba las luces de la noche pasar deprisa desde la ventanilla y mi cabeza, lejos como siempre de mi entorno físico, seguía navegando entre cientos de historias y efectos especiales encerradas en aquel pequeño cacharro… como si fuese una lámpara mágica.
Sí, eso era: una lámpara mágica.
David Sainz

La primera piedra.

Todo comenzó el día en que ente mi padre y mis tíos compraron una videocámara doméstica, hace hoy más de diez años, cuando se consideraba aún un artículo de lujo con el que pensaban inmortalizar los viajes, cumpleaños y reuniones familiares en general. Cuando la vi y la probé por primera vez, mi cabeza de niño extraño con sobredosis de fantasía (prácticamente la que conservo) empezaba a crear imágenes sueltas con las que colorear mil películas. Me entusiasmaban aquellos increíbles efectos: ¡blanco y negro, sepia o efecto espejo! Lo poderoso que me sentía con aquel objeto mágico que abría ante mis ojos tal gigantesco abanico. Ahora que lo pienso… supongo que fue uno de los momentos más felices de mi vida. En ese momento en el que cada hora te enseña algo del mundo que no sabías, en que las decepciones pesan aún más que en otras etapas, de repente sostenía aquel tesoro entre mis pequeñas manos, impaciente por empezar a utilizarla.

Desgraciadamente, la excitación era general en la familia y todos avisaban de sus futuros compromisos con la cámara. Yo voy a Brasil el mes que viene. Nosotros vamos a casa de Nieves a Albacete en mayo. Entonces, mi padre, el subteniente, habló: nosotros la llevaremos a Lebrija en verano. Bien, solo me quedaban seis meses de espera por delante para que fuese mía, para disfrutarla al cien por cien. Terminé aquella noche de hacerle el rodaje al zoom digital de aquella vieja Panasonic y me marché a casa. Mi hermana Esther era demasiado pequeña para comprender la bomba efusiva que me apretaba el esternón, pero sabía que sería mi primera actriz-cobaya. En el asiento trasero del Renault 18 del subteniente, miraba las luces de la noche pasar deprisa desde la ventanilla y mi cabeza, lejos como siempre de mi entorno físico, seguía navegando entre cientos de historias y efectos especiales encerradas en aquel pequeño cacharro… como si fuese una lámpara mágica.

Sí, eso era: una lámpara mágica.

David Sainz

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