Pasó menos tiempo del que esperaba. Mi familia de divide entre andaluces y cubanos. No hay una mezcla de sangre más novelera y dispuesta a hacer una fiesta, almuerzo o cena copiosa con cualquier excusa. Ahí comencé a grabar, cuando se cansaban los mayores de sostener aquella cámara que pasaba de mano en mano constantemente bajo mi atenta y firme mirada, quieto, en un rincón, esperando el momento perfecto para hacerme con ella. Metí la mano entre la correa de la empuñadura, mis dedos apenas alcanzaban el zoom y mi pulgar acariciaba el gatillo rojo donde ponía en mayúscula REC. Experimenté sin parar movimientos imposibles, giros, perspectivas… mi mundo estaba dentro de aquel pequeño visor en blanco y negro. A la hora de reunirse y visionar las cintas, siempre descubrían, entre bailes y aperitivos, mensajes a cámara aplaudiendo la comida o el detalle de aquel que aportase el lugar de reunión, planos a ras de suelo espiando un saltamontes, travellings interminables y veloces por los pasillos o las palomas en el balcón rodeadas de nubes que se movían tímidas desde el cielo. Por supuesto nadie le daba más importancia que la del gasto estúpido que les hacía a las cintas.
Recuerdo que mi padre se esforzaba en seguir las instrucciones básicas que traía consigo la cámara. Recuerdo su cara de concentración, su postura perfecta: totalmente derecho, con el brazo haciendo un exacto ángulo de noventa grados. Si tenía que hacer una toma desde abajo, clavaba una rodilla como un caballero medieval, y apoyaba el visor en su ojo, entre las gafas y la gorra. Los demás intentábamos imitarlo, pero supongo que la disciplina no crece de la misma forma en todas las personas. De momento, sabía que lo que me tocaba era representar mi papel cómico ante la cámara, actuar con la gracia que todos esperaban y aguardar solo unos meses más, hasta que llegase mi momento.
